lunes, 15 de diciembre de 2008

La nube de mis recuerdos


Parte I
Las once y media…. ¡Mierda…! estoy encerrado y no sé cómo salir. He agotado todas las excusas para evadir al payaso que tengo en frente y poder escapar de su horrendo acto. Dos horas de estar metido en esta clase, el mismo tiempo que tengo sin poder aspirar la colilla de un pucho. Me es imposible faltar una vez más, pues he colmado la tolerancia del profesor y del sistema que me fiscaliza.
En clase, el tema de hoy es el manejo de conflictos en una empresa: el pedagogo ha repetido tres veces lo dañino que pueden ser los sindicatos para el crecimiento empresarial y yo mientras tanto, almaceno el dulce olor de un cigarro fresco.
Mi cerebro no se encuentra en clase, en realidad no se encuentra en este mundo. Últimamente, y ya que no puedo hacerlo en el mundo real, he optado por viajar a otro ambiente, en otro época y otro lugar, debido a que, de un tiempo a esta parte, mi mundo real se ha vuelto un poco aburrido.
No es que esté de acuerdo que en un tiempo pasado las cosas eran mejor. Nunca podría. Sin embargo, hoy en día, pienso que mi generación está enfrascada en sus propios asuntos, sin ningún interés en querer compartirlos.

Mis dedos se frotan entre si, necesito un cigarrillo. Reviso el bolsillo de mi camisa y aún está la arrugada cajetilla Premier, quedan sólo tres. Froto suavemente el índice en mi nariz y puedo olfatear la evidencia de haber realizado el vicio tiempo atrás. ¡Qué complicadas resultan las horas cuando son largas y lentas!.
A veces creo, con mucha certeza, que el aburrimiento logra dilatar el tiempoy el placer, que comprimirlo. En quince minutos seré libre. Cogeré mi encendedor de fibra azul y haré girar la rueda. Una llama arropada con las palmas de mis manos, encenderá la tierna agonía de ese blanco tubo, relleno de vida, fortaleza y ánimo. Mientras el cigarro muera, yo, de sus cenizas, renaceré.

Cuando terminó la clase, sentí que después de mucho tiempo, mis pensamientos coincidían con mi cuerpo. Mientras me dirigía al umbral que separa el infierno de la gloria, preparaba un Premier dándole pequeños golpes contra mi dedo pulgar; años atrás, aprendí en la escuela, gracias a mi profesor Enrique, experto en filosofía y los cigarros Camel, que golpeando los cigarrillos comprimes más su contenido aprovechándolo mejor.

El profesor Enrique era todo un personaje. Recuerdo que en mi escuela, de buenos valores como todo oficio cristiano, era inadmisible ver fumar a cualquier docente, pues eso, además de verse y, según la directora, oler mal, generaba una contradicción entre lo que la escuela predicaba y lo que él ejecutaba. Por lo tanto, el viejo profesor salía de rato en rato a la calle para poder fumar.
Cuando regresaba, satisfecho de haber saciado su placentero vicio, un mortífero ataque biliar, debido al descarrilado desorden que generábamos sus alborotados alumnos, lo hacía olvidar que segundos antes, había estado en un total relajo. Su maltratada voz se hacía escuchar por toda la escuela.
Él y yo conversábamos muy poco, tenía su grupo de preferidos, integrado por otros y, en especial, otras; recuerdo que siempre terminaba discutiendo con ellas debido a la insatisfacción que él le producía con sus predicciones: luego de revisar las palmas de las manos, mirarlas a los ojos y haber hecho ciertas preguntas, daba unos cuantos pasos, cruzaba los brazos y mientras agitaba su mano derecha, daba un remate para lanzar el veredicto.

Pese a no haber sido parte del círculo amistoso del profesor Enrique, siempre sentí que había cierto cariño, un sutil interés paternal. Lo comprobé el último día de clases, cuando al despedirme con un fuerte abrazo, me dijo que me cuidara y nunca dejara que me obliguen a ser alguien quien no quiero ser.
No lo volví a ver desde aquel día y, la única vez que me dio cierta nostalgia escolar, regresé por donde me había ido y pregunté por él. En la escuela, me dijeron que ya no trabajaba e que incluso, que había viajado a Italia sin siquiera haber dicho “arrivedeci”. No me pareció extraño, pues en los años que fue mi maestro, pese a andar rodeado de alumnos, supuse que era un hombre solitario.

Mi primer cigarrillo lo fumé hace seis años, cuando tenía quince. Nunca olvidaré esa noche –aunque quizá no recuerde la fecha –pues ese día había confirmado, supuestamente, mi fe a dios.
Recuerdo que luego de la ceremonia religiosa, un grupo de amigos nos habíamos encontrado en una bodega, todos ellos, con un Lucky Light en la mano o en la boca. Hasta ese momento me pareció extraña e incluso repulsiva la acción de fumar, ya que aún no comprendía y sobre todo, no disfrutaba, el placer de hacerlo.
A cierta hora de la noche, curioso por entender esta acción colectiva, le pedí a una amiga que me enseñara, sólo por probar, cómo es que se realiza dicho acto. Ésa noche probé mi primer cigarrillo, y meses después, fui adiestrándome más y mejor. Para fin de año, y ya que en esa época aún desconocía las fuertes crisis económicas que traía el estudio, contaba semanalmente con mi pequeña cajetilla de Lucky Light, como el resto de mis contemporáneos.

Ése año fue la apertura a nuevos placeres, que tiempo más tarde, se volvieron un vicio. Aprendí a fumar, a tomar, a emborracharme hasta el punto de mandar al carajo y botar a mi amigo de su propia casa –al día siguiente disculpó mi insolencia, aunque no mi desorden –a vagar por largas horas sabiendo que tenía examen al día siguiente, a decir no porque simplemente me daba la gana de dar la contra, a sentirme rebelde desde el punto de vista más estúpido y promocionado.
Descubrí también, casualmente, la belleza de la anatomía femenina y exploré el punto máximo de la creatividad de mis padres en sus sermones y castigos. Durante ésa larga docena de meses, copié el estilo del cangrejo y sólo podía andar hacía atrás. Recibí cachetadas, reproches, amenazas y castigos. Sin embargo, el más fuerte creo que fue el último de ese año.
Días previos a la navidad, había sido castigado por batir el record de cursos desaprobados y me negaron el permiso para salir, ¡qué raro!, a vagar. Esa noche, aburrido y de malhumor, decidí encender un cigarrillo con el propósito de matar mis penas en cada pitada.
Torpemente, debido a la ira y la imprudencia, olvidé completamente que el humo se podía filtrar por debajo de la puerta de mi habitación. Lo siguiente que pasó, luego de apagar los residuos y botar la colilla, fue que entraron mis padres y mi mamá me dio la paliza más fuerte que hasta ese momento había recibido. Horas más tarde, tras una larga charla, me confesó que la causa de su histeria no fue la acción de haber fumado, sino la de haber negado.

Parte II
Siempre, a lo largo de mi corta vida, he tenido una estrecha relación con el cigarro.
Mis padres, jóvenes para semejante responsabilidad, aprovechaban las noches para poder juntarse con sus amigos y relajarse un poco de su ya atareado día. En estas reuniones, tanto mis padres, como sus amigos, creaban una alucinante neblina gris sobre la pequeña sala de nuestro apartamento y dejaban, incluso horas después de haberse ido, el delicioso aroma que evidenciaba, de manera tácita, la diversión, las risas y el vacilón que habían gozado horas antes.

Los recuerdos que tengo de los años de mi niñez y gran parte de mi adolescencia, están decorados por varios cigarrillos fumados especialmente, por mi madre, fumadora de vocación.
Sin embargo y debido a la insoportable asma, mi mamá evitaba fumar cuando yo estaba con ella. Es por ello que durante la tarde, en especial a las seis, evitaba estar en su cuarto, y por las noches, cuando llegaba mi papá y los amigos de ambos, a punta de pleitos, lograba colarme en sus reuniones.
Pese a ser una gran fumadora, un día mi mamá dejó de el vil acto. Actualmente, alega al gran daño que le hacía, descubierto por el fuerte bombardeo de correos electrónicos que, de la noche a la mañana, recibió. En su reemplazo y con los pulmones ansiosos de ser dañados, entré yo al opaco mundo del cigarrillo.

En los años siguientes a mi adolescencia, aprendí, a punta de catastróficos errores, a manejar mejor mi actitud de rebeldía, entendí que la acción de aprender tal vez no era tan mala, quizá hasta podía ser deliciosa; descubrí nuevos placeres –como el debate –y me reencontré con viejos pasatiempos, como el dibujo.
Durante la metamorfosis, fui puliendo mi talento de fumador. Descubrí nuevas marcas y supe usarlas según las fechas: si era quince o treinta, Marlboro rojo con una Coca Cola helada era la opción. Si era 10 o 20 Premier, si era 12 o 14 Hamilton y si era 28 o 29, sin duda alguna, Caribe era el compañero.
Dentro de la universidad, descubrí personajes que me inspiraron fuertemente al vicio del fumo. En la historia, pensadores, cineastas y revolucionarios me hicieron creer que tal vez, si adquiría el vicio de fumar, estaría un poco más cerca de ser como ellos. En la vida diaria mi profesora de humanidades, la culpable de haber conocido a estos señores.
Aprendí también, que el cigarrillo puede ser un medio para realizar nuevas amistades. En estos últimos meses era impensable poder comenzar una reunión con gente La Nacional sin varios cigarrillos de por medio. Hicimos proyectos como un programa de radio. Teníamos la intensión de recopilar, a través de este medio, idealistas como nosotros con la esperanza de hacer un fuerte cambio a nuestra realidad.
Durante la emoción que produjo la gestación de este proyecto, la paciencia de realizarlo y la tristeza de abandonarlo, docenas de Caribes pasaron por mis labios y es que, ya fuera primero o diecisiete, vivía, en este momento, un periodo de quiebra total.
Parte III
En mis primeros años universitarios, había escuchado mucho de la popular marca de cigarrillos Inka. Esta marca, barata y además considerada mucho más fuerte que el Marlboro rojo, se caracterizaba por ser fumada por los verdaderos profesionales del oficio, los viejos, los pobres o los que tenían las tres cualidades.
No fue hasta el verano pasado que me consideré digno de fumar aquellos cigarrillos y fue entonces cuando descubrí que su fama, no era tan buena después de todo. Cuando pregunté a mi devota vendedora si tenía Inkas, me miró con unos ojos semejantes a los huevos fritos y me dijo serenamente que “eso” no vendía.
Similares respuestas recibí en mí tormentoso propósito de encontrarlos. No fue entonces hasta que me encontré con Laysa, un viejo amigo que luego de haberme ayudado a recopilar información para una crónica, le comenté, como quien confiesa al cura sus pecados, que estaba ansioso por encontrar, al menos, un par de cigarrillos de aquella vetada marca.

El cuarentón sonrió con la mitad del lado izquierdo de su labio, haciendo relucir su dorado diente, y luego de darme la opción de elegir si quería con o sin filtro, me dijo que en un par de días tendría una cajetilla enterita para podérmela llevar a Huaraz.
Tal y como lo prometió, la tarde previa a mi viaje, Layza me llamó para fijar un lugar de encuentro y entregarme la mercancía. A las 5 y treinta y como testigo, el sol agonizante, pude sentir entre mis manos, la frágil cajetilla blanca que envolvía el paquete de aquellos deliciosos cigarrillos.

Durante mi corta estadía en Huaraz, puede disfrutar en placentero contraste entre la pureza del aire andino y la satisfacción del humo interno. La sensación fue tan mística, que mientras observaba la laguna de Querococha, a 3980 metros de mi ciudad natal, el bus que me transportaba tenía la vil intensión de zarpar y dejarme abandonado en el camino. Cuando al fin tuve consciencia de la situación, o sea una vez consumido el cigarrillo, tuve que agitar el paso y correr lo que jamás, en mi haragana vida, había corrido; sólo así pude alcanzar al pendenciero conductor: en los días siguientes, tomé muchísima precaución para no perderme en mi aislante vicio y ser nuevamente abandonado por el grupo.

Parte Final
Han acabado las tres insoportables horas de condena al sindicato laboral. He cruzado el umbral y sólo pienso en fumar. Intento buscar una esquina, pues siempre los ceniceros están ahí. Al intentar encontrar uno, descubro que todos han sido eliminados.
Repentinamente, las paredes se vuelven mucho más altas y los caminos, estrechos y largos. Miro a mi alrededor y nadie fuma. No veo más mi profesora de humanidades ni los compañeros cómplices en las artes.
Hay silencio y la gente perdió el rostro, todos son iguales. La masa se dirige en una sola dirección e intento averiguar porqué. Cuando llego al lugar en el que están concentrados, descubro que los jóvenes miran deslumbrados y con la baba chorreada un cartel de cinco metros que enfatiza con enormes letras azules una extraña ley prohibicionista del cigarro: “el Decreto Supremo 015-2008-SA y la ley es Ley Nº 28705, Ley General para la Prevención y Control de los Riesgos del Consumo del Tabaco, ha declarado que está prohibido fumar en lugares públicos, abiertos o cerrados, que fomenten la educación y la salud. Respetemos la salud de los otros”.
¿Respetar? ¿Y quién respeta el voluntario deseo de opacar mis pulmones y aclarar mi mente? ¿Qué saben ellos de la frialdad que se produce en el pecho cuando ingresa el humo, o de la delicia que genera la dilatación de las pupilas, o el sabroso gusto de disfrutar la amargura en la lengua una vez terminado el pucho? ¿Cómo piensan entender y seguir los ideales y la genialidad de Sastre, Beauvoir, el Che, From, Fidel, Eco, Fellini, Marcuse, Buñuel, Dalí, Kalho y cuanto grande genio fumador haya existido, si al ver si quiera su foto se espantarán con la evidencia que acusa su bajeza fumadora?

El desconcierto invade mi ser, creo que el umbral me ha transportado a otra galaxia. A una en la que quizá, Don Juan de Moliere e incluso, el mismo Aristóteles, hubieran condenado a muerte a estos muchachos. Una realidad en la que Thomas Mann habría muerto de aburrimiento o quizá de espanto, un hecho en el que me hace creer, al igual que los romanos en tiempos de crisis, que el único medio de evasión es arrancarse las venas y dejar fluir el torrente sanguíneo hasta dejar seco el interior.
Porque es seco como me siento ahora, porque es seco como veo el mundo, porque es alarmante el clima y al igual que la niebla generada por el humo, siento que inevitablemente, el espíritu de mis contemporáneos se evapora en un momento de tácita turbación.

1 comentario:

Cifra dijo...

está de puta madre, tropecé sin querer con tu blog.
y joder los cangrejos no andan hacia atrás sino hacia los lados, rodeando los problemas, y no huyendo de ello.